Foro-Taller Shakespeare
Lunes 22 de octubre, 2007
SEXTA Y ÚLTIMA SEMANA (22 al 31 de octubre, 2007)

El Taller ha llegado, como la obra misma, a su final: es hora de sentarnos con calma y leer —o ver en nuestra imaginación— el muy trágico y lamentable suceso entre Julieta y su Romeo, y al hacerlo saber que no podemos hacer nada en este juego de este último acto que empieza con las tempranas premoniciones de lo que sueña Romeo cuando cree que sus «sueños son presagios de buenas noticias», sólo para brincar a la brutal realidad de las noticias y al juego de las circunstancias como las que se dan en contra de los amantes, como sucede cuando el fraile Juan, el estúpido mensajero que debió llevar la carta a Mantua para entregársela a Romeo en la mano, resulta que sufrió «un percance» y no fue sino hasta por la noche que regresó con fray Lorenzo quien se dio cuenta que la estrategia que había planeado resultaba un fracaso.
Bueno, así las cosas, la primera escena de este Quinto acto (que pueden leer en la versión de Nuestros Clásicos, Parte 3, página 223) empieza con el despertar de un Romeo en Mantua (5.1.) todavía saboreando su sueño, según él «un sueño adulador», un sueño que, para nosotros, sabemos que está lleno de buenos deseos pero, sin saberlo, como sucedía con el Oráculo de Delfos, los presagios, los daban en clave y esa habría que descifrarla:
ROMEO.— Si he de creer en la verdad del sueño adulador, mis sueños son el presagio de felices nuevas que se acercan; quien es dueño de mi corazón se siente alegre en su trono y, hoy, un ardor insólito me eleva del suelo con pensamiento de felicidad. Soñé que venía mi dama, y me encontraba muerto (extraño es que en sueños puede un muerto pensar). Y tanta vida me inspiraba besándome en los labios que renacía convertido en rey del mundo. ¡Qué dulce es, ay de mí, poseer el amor cuando hasta en sueños se tiene tanta alegría! (5.1. 1-11)
En esto estaba cuando llega su amigo Baltasar con las «nuevas»: había visto cómo llegaban al cementerio con el cuerpo de Julieta Capuleto tendido, sólo para depositarlo en la tumba junto a su primo Tybalt y el resto de los Capuleto que habían muerto en Verona. Baltasar no tenía por qué saber si había algo detrás de todo esto, tan extraño como una pócima cataléptica:
BALTASAR.— Ella está bien y nada está mal. Su cuerpo duerme en la tumba de los Capuleto y su alma, vive con los ángeles. Yo mismo ví cómo la enterraban en la cripta de sus antepasados, y en seguida me puse en camino para informarte. Perdóname por traerte estas malas noticias, pero tú mismo así me lo encargaste. (5.1. 17-22)
¿Cómo creen que reaccionó Romeo con una noticia así?
¿Qué se imaginan que le ocurrió al exiliado?
¿Culpa, pesar, dolor, asfixia o todo esto y su decisión de morir?
Impulsivamente, le pide a Baltasar que le alquile unos caballos de posta. Esa misma noche iría rumbo a Verona. Sin más, despide a su amigo para quedarse sólo y explicarnos en un soliloquio que ha llegado a un callejón sin salida: «esta noche —monologa— dormiremos los dos juntos».
¿Por qué no piensa en otra alternativa?, nos preguntamos, ¿por qué lo único en lo que piensa en morir junto a ella?
En este monólogo confiesa su plan: en Mantua, cerca de donde está vive un boticario, (un espejo laico del fraile alquimista), y lo describe o lo asocia con la muerte, con esos muertos disfrazados como en México nos disfrazamos el día de muertos, como una «calaca», pues,
ROMEO.— Su persona es miserable, pues esa misma miseria lo había consumado hasta los huesos. En su pobre botica colgaba una tortuga, un caimán disecado y otras pieles de extrañas formas. (3.1)
Tal vez Shakespeare había conocido el consultorio del astrólogo y doctor Simon Forman (1552-1611) o el del alquimista y mago John Dee (1527-1608), un matemático, filósofo, alquimista y astrólogo isabelino que tal vez fue el modelo en algún sentido de Próspero en La tempestad.
Si hay un veneno mortal que esté prohibida su venta, este miserable boticario lo tiene. Y se va directo a la botica a comprarlo. No se le ocurre ninguna otra cosa: por ejemplo, primero sufrir el duelo (y el exilio), deprimirse por el dolor de la muerte de su esposa, quedarse de Mantua o irse por toda Italia o Europa a la aventura o darse de alta en algún ejército para ir al frente de batalla y, si es necesario morir, o conocer por ahí a otra Dulcinea del Toboso y darle tiempo al alma de recuperarse con alguna otra salida. Nada. Sólo piensa en el boticario y el veneno mortal. Cuando lo encuentra y logra que le venda el veneno, se refiere al oro despectivamente cuando le paga con unas monedas al boticario, dice:
ROMEO.— Toma, ahí tiene el oro… el peor veneno del alma que hay y más mortal que hay en este mundo, que esas pobres hierbas que tienes prohibido vender… ven, tú, licor, que no veneno; ven conmigo a la tumba de Julieta, que allí te beberé. (1.1. 80-83)
En la segunda escena (5.2.) se entera fray Lorenzo del problema que tuvo el mensajero de fray Juan que no le entregó la carta a Romeo y se queja del destino, en lugar de quejarse de sus estupidez al no imaginar que esto podría suceder.
Con los ánimos exaltados, la tensión sube y el enojo de estarnos enfrentamos a lo accidental, a lo casuístico, fuera de lo planeado, y fuera de tiempo.
¿Por qué pasan así las cosas?, ¿es el destino?, como nos lo podemos preguntar, ¿es la casualidad y el azar?
Siempre los accidentes nos producen cualquier cantidad de sentimientos encontrados: terror y furia, por ejemplo:
FRAY LORENZO.— ¡Oh destino adverso! ¡Por mis santas órdenes! No era una carta trivial, sino una de gran importancia por la información que contenía. Haberla dejado sin entregar es muy peligroso. (5.2. 17-19)
Y vuelve a inventar otro plan de acción: irse a la tumba, por lo pronto, pues Julieta «despertará en unas tres horas y me maldecirá cuando vea que Romeo no tiene noticias de todo esto». Y la tensión sube y nos acongoja.
Con la misma velocidad con la que hemos vivido todos los sucesos de esta obra, ahora nos vamos acercando a la gran final (5.3.): primero, es Paris quien aparece en la tumba, desconsolado: le lleva flores a su pretendida Julieta pues con esas flores pretende adornar su lecho, tal como lo hacían en la noche de bodas (como en Hamlet, cuando Gertrudis le lleva flores a la tumba de Ofelia y le dice: Flores para una flor. Adiós. ¡Tanto quise que fueras la esposa de Hamlet! Tu lecho de novia, Ofelia querida, podría haberlo adornado con estas flores con las que ahora adorno tu fosa. (Hamlet, 5.1.3 252-255).
No acaba de decir estas cosas cuando el Paje que dejó afuera de la tumba el conde Paris, le chifla: alguien llega a esa hora de noche. En ese mismo momento, Romeo y Baltasar llegan a la tumba y el primero le pide un pico y una barra de hierro y le entrega una carta «para que mañana se la entregues a mi padre».
¿Qué creen que le podría haber dicho en esa carta?
Le pide que lo deje solo y antes que lo abandone, le da una bolsa con dinero: «vive y que puedas progresar. Adiós amigo».
Todo mundo se despide de todo mundo. Cuando entra a la oscura cripta de los Capuleto se encuentra a un joven —no sabe que es Paris, pues no puede ver bien dentro de esa oscuridad— y éste lo acusa de ser «el altivo Montesco desterrado, quien asesinó al primo de mi amada y, cuyo dolor, dicen, mató también a mi bella criatura» y sin más, Paris reta a Romeo «porque debes morir», le dice en medio de la oscuridad y entre los cuerpos tendidos sobre sus pedestales.
Romeo no sabe de quien se trata, no alcanza a verlo, por lo que nos enteramos un poco más adelante, le contesta:
Es cierto —dice Romeo— a eso vine, ¡a morir! y, diciendo eso, sin saber de quien se trata, intenta hacer las paces y le dice —a quien fuera— que se vaya y lo deje en paz.
Pero, una vez más, la furia y el odio que permea en Verona no deja de actuar y por eso esta voz en la oscuridad lo reta a muerte desenvainando su espada y Romeo, que estaba listo, lo hiere de las primeras de cambio y antes de morir le ruega que lo coloque junto a Julieta. ¡Faltaba más!, como dicen por ahí. Se acerca para saber quien es su víctima y se da cuenta que se trata del conde Paris:
ROMEO.—¿Qué me decía Baltasar mientras cabalgábamos y mi atormentada alma no le escuchaba? ¡Ah, sí!, algo dijo… que Paris debía desposar a Julieta. ¿Era eso lo que dijo? ¿Lo he soñado? Quizá enloquecí al oírle hablar de Julieta y me lo hizo pensar… (5.3. 75-77)
Y llega hasta la tumba de Julieta, para describirnos algo que podemos interpretar de varias maneras (por ejemplo, que no necesariamente estaba muerta, pero que fue imposible para Romeo pensar en otra cosa), pues sigue igual de bella y «la belleza es rosa en tus mejillas y en tus labios. La pálida enseña de la muerte no ha sido enarbolada», por ejemplo, ¿qué no pudo imaginar en otra cosa?
Él no, pero al público le dan ganas de gritarle (y no lo dudo haya sucedido en El Globo en 1596, tal como se les ocurrió intercalarlo en la película de Shakespeare enamorado), que está viva y que no la de por muerta…
Ahora son los gusanos sus damas de compañía, dice Romeo antes de tomar el brebaje que le preparó el boticario y así, con el último abrazo:
ROMEO.— ¡Sella con un beso legítimo el pacto eterno con la muerte que espera! ¡Ven guía amargo, ven, timonel desesperado, ven fatal guía, y lanza ahora contra las rocas destructoras tu barcaza sin norte, y fatigada! ¡Bebo por amor! (Bebe) Tú, veraz boticario, rápida es tu droga! Con este beso… muero… (5.3. 113-120).
Afuera del cementerio hay confusión, llega fray Lorenzo y Baltasar le explica que adentro está Romeo y se siente ya culpable de todo, (con razón). Cuando entra Romeo está muerto y ve la sangre derramada por el suelo y al conde Paris… y Julieta despertando.
Pero llegan los guardias fuera de la cripta…
Julieta se despierta y ve a su marido muerto a su lado, con un pomo en la mano… Lo más importante es que se niega a salir con el fraile que está aterrado de que lo agarren dentro del cementerio de los Capuleto y se sale solo y su alma, dejando a Julieta en la tumba con su marido tirado al lado:
JULIETA.— Una copa sujeta entre las manos de mi amado! Ahora lo entiendo… el veneno fue su muerte prematura… ¿todo lo bebiste, oh cruel, sin dejar una gota amiga para mí? He de besar tus labios… Acaso quede algo de veneno en ellos… que me den una muerte reparadora. (Lo besa) Tus labios… están aún calientes… (Al oír que entran a la cripta, toma el puñal de Romeo, y decide acabar con su vida) ¡Oh, dulce puñal! ¿Esta es tu funda! ¡Descansa en mí y dame la muerte.(Se clava el puñal y cae moribunda).
Lo demás es silencio, dijo Hamlet antes de morir y, en este caso, lo demás es la tristeza que nos provoca este final de la tragedia que tan bien anunció el «Coro» en el «Prólogo», al inicio de la obra:
PRÓLOGO.— … su lamentable fin, su desventura, entierra con su muerte el rencor de los padres. El caminar terrible de un amor marcado por la muerte, esta ira incesante entre familias que sólo el fin de los dos hijos conseguirá extinguir… (Prólogo, 7-11)
El Príncipe preside el gran final con una discurso con el que cierra la obra, una vez que escucha al fraile dar su versión completa de los hechos, de los accidentes, de las intenciones y los padres prometes hacerles una estatua de oro para conmemorar el amor víctima del odio entre las dos familias:
PRÍNCIPE.— La mañana trae consigo una paz lúgubre; el sol avergonzado, no saca la cabeza. Vámonos, que hemos de hablar apesumbrados de estos hechos. Unos serán perdonados, otros tendrás su castigo, pues nunca hubo historia más triste y penosa como ésta de Julieta y su Romeo. (5.3. 305-310). FIN.
Y nosotros, frente a ese rápido acontecer entre la ilusión del amor, el beso que selló, como Dios manda, el amor y el deseo de estar juntos los dos jóvenes, pasando por los accidentes y las muertes como las que suceden en dos familias que se odian por que sí, nos vamos al balcón, donde Julieta sueña con el amor, como todos lo hemos hecho alguna vez en la juventud, y suspira deseando que el sol se esconda detrás de las montañas para que llegue su amor que, como es ciego, sabe moverse a la perfección por la noche; o ese dulce despertar después de la noche de bodas y de haber hecho el amor toda la noche, sólo para despedirse y no volver a verse sino en la tumba. Parpadear, antes de cerrar los ojos los dos creyendo que algo pueden pasarla juntos en la otra vida.
Inocentes, lo sabemos, pues «lo demás es silencio», como resulta ser efectivamente y el sol avergonzado, ese día ni siquiera asomó su rostro: está de luto.
Espero que hayan disfrutado esta obra y el análisis que hemos hecho en detalle, escena por escena, acto tras acto, hasta este mismo final.
Atentamente
Martín Casillas de Alba
Coordinador del primer Foro-Taller de Shakespeare de la Dirección de Literatura de la UNAM.