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Acto 2. Escena 2.

Septiembre 3, 2007 Página elaborada por: rodrigo

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Julieta sale al balcón de su casa y Romeo, que ya está abajo en el jardín, está babeando en completa admiración de su belleza. Ella, creyendo que está sola, hace un soliloquio donde habla de su amor por Romeo, lamentándose de que es un Montesco. Es una de las más importantes escenas de esta obra: el encuentro entre los dos amantes y todo lo que se dicen, pleno de poesía, de emociones, de cariño.
 

(Desde el balcón, sale Julieta con su camisón de dormir, con el pelo suelto, nerviosa, volteando a ver el cielo estrellado, mientras murmura…)
JULIETA.— ¿Cómo?, ¿mi único amor, nacido de mi único odio? Hasta hace muy poco que no te conocía, ahora que te conozco y ya es tarde no puedo vivir sin ti: ha nacido el amor, ¡la fuerza brutal que me obliga a amar a quien es mi enemigo!
(Se oye la voz de la Nana).
NANA.— ¿Qué dices pequeña, de qué te quejas?… ¿qué es lo que dices?
(Entra abajo en el escenario Romeo, como si estuviese buscando dónde se encontraría su amada… al voltear hacia un lado donde se ve la luz de la ventana del dormitorio de Julieta… se quita la máscara… dice pausadamente como si estuviera hablando consigo mismo.)
ROMEO.— ¿Qué luz es esa que se asoma por la ventana? ¡Ah! ¡Es el Oriente y Julieta es mi Sol! Amanece tú, Sol… mata a la envidiosa Luna que siempre está enferma y por eso vive pálida de dolor, pues que tú, doncella en belleza, la aventajas… ¡Es ella, sí… es ella… ¡ay!… es mi amor! Si supiera que estoy aquí… Habla y no dice nada… pero qué importa: veo que hablan sus ojos y son a ellos a los que les voy a responder… Dos estrellas del cielo entre las más hermosas han rogado a sus ojos que, en su ausencia, brillen en las esferas hasta su regreso… ¡Ah!, ¡si habitaran su rostro las estrellas!, el brillo de sus mejillas podría sonrojar a las estrellas, como si fuese la luz del día que nos ilumina como si fuera una lámpara. Entonces, sus ojos en el cielo alumbrarían tanto los caminos del aire que hasta los pájaros se pondrían a cantar engañados creyendo que ya no es de noche.
Miren, cómo sostiene su mano la mejilla. ¡Ah!, si yo fuera guante con esa mano podría acariciar su rostro!
JULIETA.— ¡Ay de mí!
ROMEO.— ¿Habla acaso? —voltea a ver al público su cómplice— habla ángel mío, habla otra vez…
JULIETA.— ¡Oh, Romeo, Romeo! ¡Si fuese otro tu nombre! ¡Reniega de él! ¡Reniega de tu padre! O jura al menos que me amas y, entonces, dejaré de ser una Capuleto.
ROMEO.— ¿Debo escuchar o le hablo ahora mismo? (Dice al público, su confidente).
JULIETA.— … ¿Qué es un Montesco? La mano… ¡no!, ni es el pie, ni el brazo, ni la cara, ni cualquiera otra parte de un joven tan bello como él… ¡Si fuese otro tu nombre! ¿Qué hay en un nombre? Lo que conocemos como rosa, aunque tuviese otro nombre mantendría su perfume; de ese modo Romeo, aunque Romeo nunca se llamase, conservaría la misma perfección, la misma… Romeo, dile adiós a tu nombre, pues no forma parte de ti; y a cambio de ese nombre, tómame a mi, toma todo mi ser… (Asomándose Romeo más al balcón de Julieta.)
ROMEO.— (Ahora sí dirigiéndose a ella) Te tomo la palabra… Llámame sólo «amor» que este será como mi nuevo bautismo…

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JULIETA.— ¿Quién anda ahí? ¿Quién eres tú, cubierto por la noche, que me sorprendes en mis confidencias?
ROMEO.— … Mi nombre, —cielo mío— yo mismo lo detesto, pues sé que es tu enemigo. Si fuese una palabra escrita, ahora mismo la rompería…
JULIETA.— ¿Cómo es que llegaste aquí? (Voltea a ver su cuarto como para que nadie los descubra). Es tan alto el muro del jardín que es difícil de escalar; una muerte segura, siendo tú quien eres, pues si alguno de los míos alcanzara a encontrarte…
ROMEO.— Con las alas livianas del amor salté estos muros, pues para el amor no hay obstáculos de piedra, y lo que el amor puede, eso lo ha de intentar mi amor.
JULIETA.— … La máscara de la noche, lo sabes, es la que cubre mi rostro y al rubor virginal de mis mejillas, al saber que has oído todo esto que dije.
¡Ah!, ¡si pudiera guardar la compostura! ¡Si pudiera negar lo que he dicho! ¡Fuera, tú, fingimiento! ¿Me amas, Romeo? ¡Sí! Ya lo sé, dirás que sí, y te tomo la palabra y si juras, seguro que vas a jurar en falso… Del perjuro del amor, dicen que se burla el mismo Júpiter. ¡Oh, Romeo gentil! Di que me amas, dímelo de verdad y, si piensas que soy una presa fácil, te voy a fruncir el ceño y seré perversa y te diré que no, y tu tendrás que cortejarme. ¡Así será, te lo juro!… Tendría que ser más cauta… ¡no lo soy!, ¡no puedo serlo! Oíste mi pasión y mis palabras, sin que yo lo advirtiera. Perdóname; no pienses que esta inconsciencia prueba que es liviano este amor surgido de las sombras de la noche.
ROMEO.— Julieta, por la sagrada Luna, te juro…
JULIETA.— ¡No jures por la Luna!, no, la Luna es inconstante, cambia cada mes en su órbita redonda, no sea que tu amor, como ella, se vuelva caprichoso.
ROMEO.— ¿Por quién he de jurar?
JULIETA.— ¡No has de jurar por nadie!

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O si lo haces, hazlo por ti mismo… tú que eres ese dios que adoro… Sólo entonces te creeré. ¡No, mejor, no jures! De todas maneras aunque seas mi alegría no encuentro gozo en este pacto nocturno, tan repentino, tan sin aviso y temerario como el relámpago que muere antes de que digamos… ¡Un rayo! Amor… buenas noches… este amor está tierno, madurado por el aliento del otoño, será una hermosa flor cuando nos encontremos otra vez.
Buenas noches… tenga tu corazón un dulce reposo, como el que quepa dentro de mi pecho.
ROMEO.— ¿Cómo, así me vas a dejar?
JULIETA.— ¿Qué otra cosa quieres tener esta primera noche?
ROMEO.— Dame tu amor, que yo te daré el mío.
(En eso se oye la voz de la Nana que la llama.)
NANA.— ¡Julieta!, ¡Niña!…
JULIETA.— Ya voy nana… voy… un momento… (Voltea para ver a Romeo parado en las orillas del balcón.)
Tres palabras Romeo y me despido: si he de creer en tu amor, si en verdad me deseas como esposa, dímelo mañana que te enviaré un mensajero, dime lugar, día y hora de la ceremonia… Pondré a tus pies cuanto poseo y te seguiré, amor mío, mi dueño, por donde vayas en este ancho mundo…
NANA.— ¡Julieta!, ¡Milady!… (Con voz meliflua.)
JULIETA.— ¡Ya voy! ¡Ya voy Nana!…, espera un momento… (Voltea a ver a Romeo en el balcón.) Pero si tu amor no fuera honesto… te suplico…
¡Ya voy Nana, ya voy!… te suplico que no me hables más y que me abandones a mi llanto… (Le manda, despidiéndose un beso con la mano y se mete a su cuarto.)
ROMEO.— ¡Mil veces lo peor si me falta tu luz!
(Entra Julieta a su recámara y vuelve a salir a escena, corriendo, sofocada de miedo. Se asoma al balcón.)
JULIETA.— ¡Romeo! ¡Romeo!
ROMEO.— ¿Paloma?…, ¿me llamas, amor?
JULIETA.— ¿A qué horas he de enviarte un mensaje mañana?
ROMEO.— Alrededor de las nueve, ¿te parece?
JULIETA.— Ahí estará, parece que faltan veinte años… no recuerdo para qué te llame…
ROMEO.— Aquí me quedaré hasta que lo recuerdes… ojalá lo olvides y así siempre …
JULIETA.— Debes marcharte… Ya amanece… Buenas noches, buenas noches… Es tan dulce la pena al despedirse que así diría hasta el amanecer… (Ella se queda en el balcón y él desciende al piso… la luz del escenario va apareciendo como la de un amanecer: rosa, amarillo profundo.)

Romeo le dice que ahí está y entre los dos hablan voluptuosamente de su amor e intercambian promesas y votos. Se despiden amorosamente, «mil buenas noches tengas», le dice Julieta a su Romeo que, a su vez, se despide diciéndole que «repose el sueño en tus ojos, y la paz en tu pecho. Ojalá el sueño y el pecho fueran míos y en ellos descansaras!…»